jueves, 9 de febrero de 2017

Dada a luz

La vegetación azota sus brazos desnudos mientras corre desesperada, adentrándose cada vez más en la cálida espesura. De pronto algo cede bajo sus pies y cae rodando entre piedras sueltas y tierra naranja, haciéndose un ovillo para proteger su hinchado vientre.

Aguanta inmóvil la avalancha hasta que cesa y puede incorporarse con dificultad. ¿Dónde ha ido a parar? Parece la madriguera de un roedor gigante. Mira hacia el hueco por el que ha caído. Demasiado lejano para llegar sin ayuda, y menos en su estado actual. La luz de la mañana que consigue llegar hasta el fondo muestra una cueva rocosa, un murmullo de agua un poco más allá; avanza hacia él palpando las paredes con manos temblorosas, aún sin saber qué está buscando, ¿acaso espera encontrar una escalera?

Antes de que pueda encontrar la corriente, nota un líquido caliente bajando entre sus muslos. No, por favor, ruega. Aquí no. Pero la vida no espera.

Las contracciones no se hacen esperar demasiado. Tiene que controlar la frecuencia, diez, once, doce… respira… trata de andar, pero acaba apoyando la espalda en la pared y dejándose caer hasta el suelo. Con la mano izquierda se aferra a una protuberancia del terreno como si de un talismán se tratase (respira, respira), sumerge la derecha en el riachuelo. Se moja la frente agradeciendo el regalo del frescor momentáneo. Otra contracción. Aprieta los dientes. Se recuesta de costado, presionando con su espalda el muro como si pudiera fundirse con él.

El olor es húmedo, orgánico, a tierra y algo más. Ignora cuánto tiempo ha pasado, una eternidad o unos minutos, la sofocante oscuridad no da ninguna pista. Para no pensar, piensa. Habrán salido en su busca, supone, sólo espera que no sean sus captores quienes la encuentren. Tanto tiempo pensando en huir y cuando llegó el momento no hubo planes que valieran, sólo echó a correr. Nunca pensaron que una mujer tan embarazada podría hacerlo. Y ahora, ¿qué hará ella sola, perdida, viuda…? Rechaza la pregunta nada más formularla, no es el momento. Ni, ya puestos, el lugar. Otra contracción la devuelve al subsuelo. Se sacude un poco las manos y se apoya en la pared para levantarse y caminar.

La vista se le ha ido acostumbrando a la falta de luz, pero aun así sólo aprecia siluetas. Se mueve lentamente respirando con la boca en forma de o. Se para en seco. Sus soplidos cesan. Ha visto algo, ahí, hacia el fondo, algo que brilla o que refleja la luz. Se queda inmóvil un momento y comienza a retroceder hacia el lugar desde el que había caído, ¿no parecen dos ojos?

Son ojos, está casi segura, ojos animales, amarillos, como las piedras preciosas de una alianza cara… ¡se están acercando! ¿no? ¡Mierda! No se fía de sus sentidos, bajo la tierra lo imaginado y la realidad bailan un tango en pareja. Se siente tan indefensa… Apenas nota las lágrimas de puro pánico que comienzan a resbalar hasta su barbilla. Se acuclilla con las manos protegiendo su vientre mientras nota una nueva contracción; un gemido involuntario se escapa de entre sus labios. Nota las punzadas cada vez más intensas, no cree que falte demasiado para que tenga que comenzar a empujar. Baja los párpados, tiene la boca seca y no sabe si es el miedo, el parto, o qué. Vuelve a escudriñar la oscuridad, ¿no parece haber una silueta de algún ser grande? Los ojos siguen ahí, puede que más cerca, puede que no; ya no sabe nada, el sudor se funde con las lágrimas.

Ya viene.

Te contaré un secreto, mi nuevo amigo, piensa; no está tan mal terminar sirviéndote de alimento. Igualmente pensaba matarme, encontré un frasco de matarratas e iba a beberlo... hasta que oí que me buscaba el ejército.

Empuja, empuja con todas sus fuerzas, y otra vez, y otra vez más. No es racional, no piensa, el instinto soterrado sale a la luz, no se molesta ya en contener sus gritos y gruñidos. Está empapada, acalorada, lleva las manos a su entrepierna y nota algo, ¡la cabeza! ¡Sigue empujando…!

Un llanto de vida rompe la oscuridad como un destello. Ella, aún antes de expulsar la placenta, se arrastra hacia el hueco por donde había caído. Quiere que vea el cielo. Pero al mirar hacia arriba unas formas oscuras se lo impiden. ¿Son uniformes eso que llevan?

Se arrima a su bebé al pecho. Está exhausta. "Es una niña", susurra a la oscuridad y sonríe. Y cree escuchar un ronroneo de respuesta.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Correr fantasmas

Ocurrió justo en el momento en el que dejaba de sentir las piernas. Ahí, tras haber aguantado el sabor metálico en la boca lo que se le antojó una eternidad, mientras se iba prendiendo fuego en sus pulmones y su corazón se desbocaba. Fue en ese preciso instante.

El sonido sordo de sus pisadas contra el suelo quedaba ahogado por la respiración, cada vez más agónica pese a los esfuerzos por controlarla; uno, dos, uno dos... cualquiera creería mentira que se hubiera metido ahí por voluntad propia. Casi podía notar la sangre circular cálida, enfebrecida, tratando de llevar un poco de oxígeno a sus agotados músculos. Y gotas de sudor salado se deslizaban, ajenas a todo, hasta la comisura de sus labios.

Casi podía oler la meta, casi podía verla, mierda, ¡estaba ahí mismo! Lo sentía aunque estaba ciega, sorda, envuelta en un manto de cansancio que nublaba el mundo exterior.

"No pienses, tu corre".

Y entonces algo se rompió.

Un torrente de adrenalina encendió hasta el último nervio de su cuerpo, la piel de gallina, los pelos de punta, los ojos húmedos de pasión pura. Aún sabiendo que no era bueno, aún sabiendo que no debía, corrió. Corrió y corrió, ya con las lágrimas y el sudor fusionándose. No sentía nada y a la vez lo sentía todo, reía, lloraba, existía. Todo era tangible y real. Era un infierno, pero era su propio infierno, hecho a medida.

Volaba viendo pasar los metros, los kilómetros, estaba por encima de todos ellos. Se sentía eufórica, plena, y aterrada. Tan fuerte era su alegría como su pánico, las piernas no pueden moverse tan deprisa, pensaba fascinada, las notaba incandescentes, como si se fuesen a fundir de un momento a otro. O a estallar en mil pedazos al contacto con el asfalto; notaba la sacudida del impulso que la llevaba hacia delante, hacia delante, un poco más, venga, un poco más...

Su cuerpo se dobló con violencia mientras caía de rodillas. Notaba la bilis subir por la garganta y el estómago convulsionándose. No, no, no, no... sí. Comenzó a toser y a toser, no salía nada, había algo retorciéndose dentro de su cuerpo, algo que tenía que expulsar. Venga, vamos, hazlo ya.

Se llevó las manos a la boca y vomitó, pero al retirarlas lo único que encontró fue un gordo y feo gusano, que soltó echándose hacia atrás. Una nueva arcada hizo que se inclinase otra vez, con los ojos cerrados esperando a que acabase lo antes posible, y en el suelo cayeron todo tipo de alimañas; polillas, escarabajos, ratones y culebras danzaban frente a su pálido rostro, huyendo hacia quién sabe dónde, mientras ella lloraba rogando en silencio que parase. Con el estómago contraído y los brazos temblorosos, por fin el ataque pareció remitir.

Dos manos se posaron en sus hombros, haciendo que levantase la vista; apenas podía fijarla en quien estaba enfrente.
- ¿Otra vez has comido fantasmas?
Muda, asintió. Un suspiro.
- No deberías hacerlo. Ya sabes que se te indigestan.

Aún tiritando, miró hacia arriba. Sin darse cuenta, había cruzado la meta.

jueves, 29 de octubre de 2015

In bellum

Me encantaría poder decir que hacía un día de perros, pero a lo alto el sol brillaba; un día horriblemente bello.

¡Qué importará qué país! No importa contra quién fuera. ¿Qué es, Italia, en la Toscana? ¿O la jungla colombiana? Ni distinguirlo pudiera; el mundo entero es la trinchera y no hay nada más allá.

Se desvanece la patria, sólo temes por tu vida.

Sí, llegados a este punto, desertar no es mala opción. Pero claro, ¿quién deserta frente a frente al enemigo? Sí, tu entraste en ese hoyo; salir es otra cuestión.

Mientras yo desesperaba, un soldadito lloraba aferrado a un sobre blanco y sin ninguna inscripción. Los bordes medio arrugados revelaban su importancia... yo traté de confortarle y él simplemente negó.

Caen las bombas, llueven balas, humo negro en la batalla; tras mis párpados cerrados todo truena alrededor. Y, mientras rezo aterrado a cualquier dios que me escuche, el recuerdo de mi madre, ¿vivirá para verme morir?

La última carga que estalla cayó demasiado cerca, la avalancha de metralla superó nuestra barrera. Oigo un grito: "¡cuerpo a tierra!" y, sin pensar, obedezco mientras siento cómo silban proyectiles en el cielo.

Menos suerte el compañero, aquel tipo de la carta, al que veo tras el humo derribado entre chatarra. La poca fortuna la tuvo al morir sin aspavientos, un pedazo de metal le había perforado el cuello.

Mi curiosidad disculpo, pues tenía mis motivos, la busca de una familia, de una amante o de amigos. Así pues, en un respiro me arrastré hasta el cuerpo inerte, rescatando ese misterio de las manos de la muerte. Dudé un momento y lo abrí.

El sobre estaba vacío.

miércoles, 14 de enero de 2015

Definirrima

Estoy hecha de agua y fuego
y de tinta y de papel,
de ideas y de hechos,
de carne, hueso y piel.

Canto a la niebla del agua,
y al polvo de la tierra amé.
De la libertad esclava,
pues del sendero escapé.

En cuanto a mis entrañas,
¿qué plato he de romper?
Si al que escucha estas hazañas
nada le puedo esconder...

No me juzgue por mis palabras,
sino por lo que diré:
"Así que el viento me traiga calma;
yo, tempestades sembraré".


lunes, 12 de enero de 2015

El Señor de los Peta Zetas

Raimundo Marín era un tipo curioso, de éstos que parecen de alguna manera hinchados, que no gordos, con una impresionante cara rubicunda y feroz.

Si uno prestaba atención, podía llegar a ver las chispas que salían de sus orejas cuando se alteraba, lo que ocurría tan a menudo que, de haber sido posible convertirlas en electricidad, hubieran podido iluminar una manzana entera durante unas horas.

Una vez, su secretario perdió unos papeles importantes y más tarde juró y perjuró que había podido notar un interesante olor a chamusquina procedente del Sr. Marín. Ni que decir tiene que el buen empleado centró todos sus esfuerzos en salir disimuladamente por patas del despacho de su jefe, convencido de que iba a acabar explotando como una olla a presión y arrastrándole a él en su furibunda onda expansiva.

Sí, Raimundo era lo que su abuela, que en paz descanse, llamaba de “genio vivo”. Pero no destacaba mucho más. Era apreciado en la oficina en la que trabajaba, y todos le consideraban un hombre “hecho y derecho”, para quitarse el sombrero. Claro que no sabían mucho de él, aparte de que no estaba casado. Nunca se quedaba después del trabajo, aludiendo que estaba cansado, llevaba trajes marrones ligeramente pasados de moda y todos le presuponían algún hobby con un nivel de riesgo y emoción equiparable a la filatelia.

En realidad la vida del Señor Marín no era muy distinta de lo que pensaban. No le hubiera importado casarse, no era un solitario, pero necesitaba tener cierto celo con su privacidad. Y pocas personas hubiesen podido convivir con sus pequeñas peculiaridades.

Oficialmente, en los años de su juventud, su coche había decidido que los frenos eran para los débiles y se había precipitado alegremente por un terraplén llevando a un chispeante Raimundo Marín en su interior. Menos mal que un árbol decidió frenar la carrera, resultando en un nada espectacular choque que dejó a Raimundo inconsciente durante un rato encima del claxon. Atraídos por el sonido infernal, los servicios de emergencia llegaron rápidamente y comprobaron que no había nada que unos puntos y muchos analgésicos no pudieran solucionar. Colorín colorado y este cuento ha acabado.

Raimundo Marín nunca se atrevió a confesar a nadie lo contrario. Como por ejemplo, que mientras el coche rodaba ladera abajo, un montón de luces le habían rodeado y, sin saber cómo, había acabado cabeza abajo en algo que parecía una jaula; en un lugar que, por las paredes metálicas y los paneles de control llenos de lucecitas, dedujo que no era su coche. Con su habitual capacidad para mantener la calma en situaciones de tensión, había optado por prorrumpir en improperios varios hasta que apareció atravesando la pared un curioso personaje de piel verdeazulada y serios problemas de alopecia. Le dijo algo que probablemente pretendía ser tranquilizador, a lo que Raimundo respondió tirándole uno de sus zapatos. Poco después, una aguja se clavaba en su brazo, sumiéndole en un sopor que cualquier fan de los opiáceos hubiese admirado. El Sr. Marín nunca pudo recordar más allá de un batiburrillo de sensaciones extrañas, pero desde entonces su vida se volvió ligeramente distinta.

Cada tarde, el Sr. Marín llegaba a casa del trabajo, atravesaba la típica y aburrida entrada y colgaba su abrigo en el perchero. Cuidando que puertas y ventanas estuviesen bien cerradas, entraba en un salón que hubiese hecho las delicias de cualquier diseñador colocado de LSD y aficionado al fosforito. Allí, desconectaba el teléfono, y esperaba hasta la noche para salir a por un par de deliciosos gatos del vecindario que tomaba como opípara cena; terminando la velada como cualquier otro, sentado en el sofá mirando la estática de la tele y comiendo caramelos explosivos.

Sí, Raimundo era un tipo curioso, aunque nadie lo diría. Para el mundo puede que fuese el Sr. Marín; pero todas las noches, sentado en su histriónico salón con su tocado púrpura y su bata verde lorito, se convertía en el Señor de los Peta Zetas.


lunes, 15 de diciembre de 2014

De pájaros y peces

Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. Pero, claro, eso no le importa mucho a nadie. Esa es la gracia de los milagros, que son cosas pequeñas que todo el mundo espera que sean grandes, así que se esconden como ratoncillos por los recovecos de la vida y se acurrucan hasta que un observador lo suficientemente atento los encuentra y, si es una de esas personas que saben de secretos, guarda su recuerdo atesorado hasta el último suspiro.

La niña era un pájaro, pero acabó siendo un pez. Qué lástima, pensaron todos, era un gran pájaro. Volaba de un árbol a otro, de un tejado a otro y de las farolas hasta la estatua de la plaza principal. La gente adulta miraba con ese dulce asombro que se reserva a las locuras de los niños pequeños, y los chavales de la aldea vitoreaban con admirado regocijo las proezas de la niña-pájaro, que permanecía indiferente. Un ave no busca alabanzas con su vuelo, el aire está en su naturaleza.

Todos la querían, era una fresca brisa de alegría para el frustrante día a día de los isleños, que trabajaban duro para mantener la pequeña industria pesquera del lugar, a todas luces insuficiente para sacar a las buenas gentes de la pobreza. Algunas familias sufrían y lo pasaban mal. Pero no eran personas crueles, y querían a la niña-pájaro. Por eso nadie entendió cómo alguien podía haberle hecho daño. Quizás fue porque donde hay un ave tiene que haber un cazador; o quizás algún pobre diablo hundido en la miseria no pudo soportar tanta belleza.

Pero, ¿qué clase de depredador acecharía durante quién sabe cuántos días y untaría grasa en el borde de su nido preferido para hacerla caer? ¿Cómo es posible que exista un ser tan horrible que sea capaz de golpear y violar su frágil cuerpecillo toda la noche y luego dejarla tirada y mutilada en la orilla del mar? ¿Qué depravado sin alma ni corazón puede llegar a hacer eso? Simplemente no cabía en la cabeza de los aldeanos que alguno de ellos pudiese albergar en su interior a tamaño monstruo. Les incomodaba sobremanera pensar en ello. Así que no lo hicieron.

Y así, poco a poco, olvidaron a la niña-pájaro sin alas, que se convirtió en media niña. En una niña rota. Su familia lloró la desgracia, pero se alegraban de que estuviese viva; y tanto era su alivio que no se dieron cuenta de que la niña rota no lo estaba sólo por fuera, sino también por dentro. El malvado le había quitado algo más que la movilidad de las piernas, le había quitado la mitad de su ser. No hablaba, no comía, no vivía. Preferiría haber muerto.

Esta madrugada, en ese momento azul antes del amanecer, la niña rota decidió morir del todo. Se montó en su silla de ruedas y recorrió trabajosamente el camino hacia la orilla del mar, buscando el lugar donde la habían encontrado ese fatídico día, para así cerrar el círculo de su desdicha. Allí, se adentró en el agua, silla incluida, hasta que una ola la volcó y la arrastró. Se dejó flotar, esperando el frío eterno.

Pero los rayos del sol irrumpieron tiñendo las nubes de mil tonos de cálido naranja, y era muy bonito, así que la niña rota braceó un poco para verlo mejor. Recordó que desde el embarcadero del final de la playa se veían unos amaneceres preciosos, y quiso ver uno antes de partir. Así que sin darse apenas cuenta comenzó a nadar hacia allí. Era agradable. El agua hacía su cuerpo ligero, y al deslizarse por ella notaba su caricia y su apoyo, sus brazos se acompasaban con el vaivén y se sentía libre de ir, venir, subir, bajar… casi como si volara.

Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. Uno de esos milagros pequeños, que no importan a nadie, salvo al que los ha recibido. Hoy el agua ha llenado la mitad que le faltaba, y la niña ya no está rota. Ella era un pájaro, pero ha acabado siendo un pez.